Es urgente la necesidad de una estrategia colaborativa de adaptación a la crisis climática en los valles norpatagónicos

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Resumen 

Este artículo se dirige principalmente a quienes hoy viven en la región, y quieren contribuir con su trabajo y decisiones a su mejorar su habitabilidad y calidad de vida.  La propuesta es actualizar la conversación sobre los escenarios futuros para la región y en las estrategias de transición hacia un territorio y un sistema productivo y ambiental resiliente.

Con la combinación de un auge económico extractivo y el nuevo régimen climático, la región norpatagónica (o “Comahue”) ha experimentado una transformación social y territorial de magnitud. Vivir en ella nos compromete a colocar en el centro de nuestra agenda común,  la cuestión de una transición de modelo de desarrollo para resguardar el bienestar de la población. Dentro de dicha agenda, es imperativa la existencia de estrategias vinculadas al impulso de nuevos modos de organización social, la producción de hábitats inclusivos y regenerativos, el desarrollo de la producción agroecológica de alimentos y biodiversidad, la renaturalización de la trama urbana y la gestión integral de residuos, entre otros ejes de acción para promover un desarrollo económico endógeno abarcador y resiliente. 

Introducción

El cambio climático hoy se ha convertido en un nuevo régimen propio de una era signada por el impacto de la civilización sobre la biosfera. Este nuevo régimen climático es una realidad vivida en cualquier punto del planeta y, sin embargo, todavía es notable la manera en la que predomina un inmovilismo respecto al mismo, inclusive una actitud de negación respecto al fenómeno en determinados sectores. Mientras el 2023 se convirtió en el año más caliente de la historia de la humanidad (sin contar la numerosa secuencia de catástrofes ambientales), es indispensable hacerse las siguientes preguntas: ¿Cómo podemos abordar los desafíos y oportunidades del cambio climático para promover un desarrollo regenerativo a nivel global y nacional? ¿Hay en esta crisis ecológica en ciernes una oportunidad para construir un valle más habitable y con mejor vivir para sus habitantes?

Presente de crisis climática y expansión económica en Norpatagonia.

Nos encontramos en una región ambientalmente tan privilegiada como vulnerable. Desde la cordillera hasta el mar, el cambio climático y su interacción con el hábitat se traduce en consecuencias concretas. Los incendios forestales ocurridos en la región andina han sido cada vez más frecuentes y la erosión de las playas y costaneras en las zonas litorales son, entre otros, fenómenos en crecimiento, planteando desafíos de fondo a la sociedad y a la política locales. Con el devenir del cambio climático se han tornado recurrentes ciclos cada vez más largos de sequía, volviendo crónico el estado de emergencia hídrica en el norte de Neuquén y en la línea sur de Río Negro. Junto a la sequía prolongada, estaciones con un incremento notable en la intensidad del régimen de lluvias han provocado inundaciones y crecidas extraordinarias en nuestros ríos y arroyos con caudales récord, provocando efectos destructivos en materia de infraestructuras, economía y requerimientos de asistencia humanitaria. 

Al mismo tiempo, la región se encuentra en un proceso de expansión económica y poblacional significativa. Hace diez años comenzó la extracción de gas y petróleo no convencionales en la formación denominada Vaca Muerta. Este desarrollo colocó a la región  en el epicentro de un proceso  de inversión y desarrollo extractivo cuyos efectos sociales, económicos y ambientales son múltiples y acumulativos, empezando por el demográfico. Durante el último decenio, la población se incrementó en más de un 30 %, el doble que en el resto del país.  El crecimiento de las ciudades   provocó un incremento exponencial de los residuos urbanos y la expansión de la industria trajo consigo desechos hidrocarburíferos cuya peligrosidad no incide sobre la gobernanza ambiental de dicha industria. 

Mientras la actividad extractiva creció exponencialmente, se produjo un proceso de reducción del valle irrigado y, consigo, de la producción de alimentos y otros productos agrícolas. La reducción del área productiva dedicada a peras y manzanas, reemplazadas por el uso urbano, industrial o meramente recreativo, provocaron un proceso de degradación de infraestructuras verdes y azules (basadas en vida vegetal y circulación de agua, respectivamente), fundamentales para la fertilidad del suelo y claves para la resiliencia climática del territorio.

Futuro allá vamos. Escenarios climáticos territoriales para la  norpatagonia. 

La prospectiva es útil para construir escenarios futuros y trazar estrategias convergentes, de modo tal de vencer la tendencia a actuar desde un presente anclado en la negación y la recurrencia de patrones históricos. En este caso, el imperativo se centra en resguardar la habitabilidad de la región de las amenazas que suponen los distintos efectos del calentamiento global (inundaciones, sequías, olas de calor, incendios, pérdida de microclimas, inseguridad energética y alimentaria y diseminación de nuevos vectores de enfermedad, entre otros).

Mirando hacia el futuro a nivel climático, es visible que los veranos vienen más severos y, en promedio, los inviernos más cálidos. Además, habrá menos nieve en la cordillera y los glaciares se retraerán generando mayor cantidad de agua en la cuenca. Sabemos que a consecuencia de la menor humedad, habrá más incendios en los bosques andinos así como en la precordillera. El programa de Desarrollo de Áreas Metropolitanas del Interior, financiados por el BID (Banco Interamericano de Desarrollo), indican que en la región metropolitana de la Confluencia, epicentro del desarrollo de Vaca Muerta, actualmente habitan alrededor de 600.000 personas. Para el 2030 se proyecta una población de 850.000 personas y, para el 2040, los cálculos más conservadores colocan a esta microrregión alojando a más de 1.100.000 individuos, con un incremento de casi el 100 % en veinte años. 

Para el año 2040, de continuar con la tendencia actual de expansión urbana, se alcanzaría un nivel de ocupación crítico sobre el ambiente rural, en cercanía de los ríos y la tierra agrícola, reduciendo de forma directa el área productiva de alimentos (entre 10.000 y 15.000 ha.), la que será reemplazada por una trama urbana de baja densidad. 

Entonces, tendremos un territorio que crecerá en población y en mancha urbana en función del impulso proveniente de la inversión y el desarrollo extractivo del gas y el petróleo. Esto pasará de forma similar en la región andina del centro y sur debido al impulso de la actividad turística. En ambos casos, el área verde y azul será sustituida por el tejido urbano «gris», reemplazando la posibilidad de producción de servicios ambientales, alimentos y biodiversidad por infraestructuras de alto consumo de energía, altas emisiones y baja resiliencia.[1] Aquí, entonces, el problema es político, técnico y social. ¿Cómo construir capacidades territoriales para un futuro que se avecina diferente a lo preestablecido en términos climáticos, más inestable, más caliente y más seco? 

Algunos puntos para una estrategia para la transición y adaptación al   cambio climático:

ALERTA TEMPRANA  Y TOMA DE DECISIONES

La región debe contar con un sistema público de información que integre los distintos organismos e instituciones públicas y científicas capaces de realizar un monitoreo climático y alerta de desastres. Esto permitirá planificar estrategias y tomar decisiones en forma anticipada que tengan en cuenta la vulnerabilidad de los sistemas productivos, sociales y ambientales para hacer frente a los distintos riesgos provocados por el clima. 

DESARROLLO DE INFRAESTRUCTURAS VERDES Y AZULES 

Cualquier estrategia de adaptación regenerativa para el territorio debe considerar como espina dorsal las infraestructuras verdes (arboledas, suelo vivo, forrajes, frutales, horticultura, áreas silvestres) y azules (mecanismos de acumulación, transporte y distribución de agua, sistemas de riego, molinos, turbinas y humedales), que conserven y potencien las condiciones ambientales del territorio fuera y dentro de la trama urbana  

La producción y preservación del suelo fértil se deberá convertir en un principio de acción pública y privada, habilitando nuevas áreas de riego en zonas que hoy permanecen fuera del circuito productivo. De esta manera, se podría generar crecimiento económico al ampliar la capacidad de los valles de producir alimentos  y, a la vez,  capturar  carbono y contribuir a la producción de un microclima favorable a la habitabilidad del territorio.  

HÁBITAT REGENERATIVO, BASURA CERO Y TRANSICIÓN ENERGÉTICA

  • A través de la densificación y verticalización de la ciudad, así como el desarrollo de barrios verdes y villas agroecológicas en las zonas periurbanas, se podrá promover un camino de producción de hábitat resiliente de bajo costo ambiental y económico, con un alto incremento en la calidad de vida.
  • La gestión integral de los residuos sólidos y líquidos permitiría un desuso del propio concepto de basura y su reemplazo por la idea de recursos o insumos clave, como compost, energía, alimento o materiales para la construcción. En estos procesos se hace un aprovechamiento integral de los recursos y se logra la circularidad material y energética.  
  • La transición energética y la acción tendiente a garantizar la habitabilidad no solo se basa en apoyarse en las fuentes renovables y bajas en emisiones, sino en los métodos constructivos energéticamente más eficientes, que aprovechen los servicios ambientales que la propia ciudad «revegetada» o renaturalizada podría dar. La bioconstrucción llevada al plano del desarrollo territorial busca el reemplazo de infraestructuras grises por verde-azules, por ejemplo cambio del hormigón por recursos constructivos naturales como la arcilla, la piedra y la madera, entre otros. 

EL CAMINO DE LA AGROECOLOGÍA 

La producción agroecológica como contribuyente a la mitigación y adaptación al cambio climático también posibilita la prevención de la contaminación del suelo y, como “bonus”, los alimentos producidos son más saludables. En este marco,   la forestación y  reforestación con fines industriales, constructivos y de fijación de carbono son acciones climáticas clave para aumentar la resiliencia territorial.   La agroforestación (cultivo bajo cobertura forestal) permite producir bosques y jardines que alimenten y protejan a través de la producción de microclimas clave para la adaptación al cambio climático. Si es bien desarrollada, no solo favorecerá aún más la producción de alimentos para humanos y animales, sino que proveerá sombra y estabilización térmica a un valle inserto en una zona árida. 

Conclusiones de cara a los tiempos venideros:

Ante los efectos del cambio climático en los valles de Río Negro y Neuquén, el diseño e implementación de una estrategia de adaptación integrada y coordinada debería ser prioritario para las autoridades y una acción en defensa propia de individuos, organizaciones y comunidades. Esto significa revertir la dirección en la que actualmente nos dirigimos, siendo que la ecología de la vida se coloque en el centro de la preocupación, trasladando la economía a su lugar instrumental, no siendo un fin, sino un medio. El objetivo de mejorar la resiliencia climática es visualizar las infraestructuras e instrumentos que nos permitirán vivir con los inminentes aumentos de temperatura. 

Es a través del reconocimiento de la nueva realidad climática y el establecimiento de una nueva relación con la naturaleza basada en la regeneración es que estaremos en condiciones de enfrentar los desafíos que trae el futuro común. Priorizar y actuar frente a los impactos del cambio climático en nuestra región y establecer estrategias de acción adecuadas no solo es una obligación ética de cara al futuro, sino una gran oportunidad para producir un salto al «desarrollo territorial regenerativo». Con él, la región podrá alojar a su población y desarrollar sus actividades, incrementando el llamado “oasis irrigado”, aumentando la producción de alimentos y servicios ambientales, y elevando la calidad de vida contribuyendo a la reconciliación entre sociedad y naturaleza.


[1] Esta tendencia se complementará en el valle con el crecimiento sobre la meseta de una ciudad de baja calidad, expuesta a condiciones climáticas mucho más extremas y con costos de provisión de servicios urbanos y acceso a equipamientos comunitarios mucho mayores que los que se tienen en el valle.

*Pablo Lumerman es politólogo, facilitador-mediador ONU y Director de la Consultora Liquen